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El Atlético no encuentra el milagro

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Aunque se dejó el alma en el intento, el Atlético no pudo encontrar la orilla. Llevaba tanto tiempo medio ahogado que cuando asomó la cabeza en Stamford Bridge apenas respiraba. El final estaba escrito desde hace un mes y sólo la fe le mantuvo en pie hasta esa agónica bocanada final. Los rojiblancos expiraron sobre el césped que le vio nacer hace cuatro temporadas. Ni ganaron al Chelsea, ni falló la Roma, porque en el fútbol los milagros existen, pero a veces son imposibles.

En el arranque, mientras el Atlético sobaba el balón sin veneno ni intención, Morata ya había disparado hasta en tres ocasiones. Un derechazo que dejó clavado a Oblak y se marchó por milímetros, otro a un par de metros del meta esloveno y hasta un tercero que llevó a la encendida grada británica a levantarse como un resorte de su asiento. Fue el Chelsea quien más asustó en una primera mitad en la que el Atlético ni siquiera llegaron a dejarle ningún recado a Courtois. Algún pequeño revoloteo de Griezmann y poco más. La posesión y las caricias eran del Atlético, los latigazos, algunos bien sonoros, como el de Zappacosta, que se encontraron con un guante imposible de Oblak, del Chelsea.

Al descanso todo se mantenía intacto. Sin goles en Londres, a cero en Roma. Era como si al Atlético le diera miedo dar ese ultimo paso tan temprano, con el segundo acto aún pendiente. Fue una noche en la que Kanté, igual que ocurrió en la ida del Wanda Metropolitano, no paró de mover la escoba de acá para allá. De barrer cualquier balón que se ponía en su camino y los que no, también. Como una especie de piraña en las piernas de Saúl, Gabi, Koke o cualquiera vestido de rojiblanco. Lo mismo en su área que en el centro del campo o en las cercanías de Oblak. En cualquier rincón del campo, ahí estaba el pequeño coloso blue. El chico de los recados que seguro que a Simeone, y tantos otros entrenadores, le gustaría tenerlo de su lado. Pero la realidad es que vestía de intenso color azul.

Chispazos en la segunda parte

El partido emergió del vestuario con un vendaval de chispazos. Llegó el primer aviso del Atlético con un lanzamiento de falta de Griezmann, en su primer tiro a puerta, con el que se estrenó Courtois. Y, como respuesta, los zarpazos de Hazard y Morata. La vida en Londres había cambiado. El frenesí y, por qué no, la impaciencia saltaron al césped. De nada le servía al Atlético dejar la puerta a cero si no era capaz de perforar la de enfrente.

Y de repente crujió el poste del Chelsea con el poderoso zurdazo de Filipe Luis, que Koke no atinó a rematar al fondo de la portería. Y casi al mismo tiempo, a la grada, sobre todo la zona de la afición rojiblanca, se le disparó el pulso. Mientras el marcador del Bridge anunciaba el gol de Perotti en Roma, el principio del fin, Saúl cabeceaba para que nadie dejase de creer. Saque de esquina de Koke, prolongación de Torres y un remate a partes iguales con la cabeza y el corazón. Como en los viejos tiempos.

Con esos mismos atributos sostuvo en pie su portería un descomunal Oblak, que sólo se dobló ante el inesperado remate de su compañero Savic, tras el destello de Hazard. Ahí se cerró definitivamente la puerta a octavos de final. Ya daba igual lo que ocurriera en otra parte. Simeone sacó todo lo que tenía para dejar claro a su gente que él seguía teniendo ganas de creer. Y las tuvo, igual que el Atlético, aunque ya era demasiado tarde. Stamford Bridge fue el final de la aventura.

Fuente: www.elmundo.es